9 enero, 2026 5:10 pm

Agua de papel

Obsolescencia y normalización de la sobreexplotación en acuíferos de México

Entre 2013 y 2023, la situación de los acuíferos en México se volvió más crítica. Según datos del Sistema Nacional de Información del Agua de la Comisión Nacional del Agua (Sina Conagua), los acuíferos sin disponibilidad aumentaron de 193 a 283, y 114 se encuentran en sobreexplotación. De ellos, 107 coinciden en ambas categorías, mientras que siete mantienen disponibilidad administrativa pese a estar sobreexplotados, lo que evidencia un desacoplamiento entre la gestión y la realidad física del sistema.

Carmen Julia Navarro-Gómez Universidad Autónoma de Chihuahua

Coautores: David Humberto Sánchez, Manuel Altes y Rubén Sánchez

En promedio, la recarga disminuyó alrededor de 23% en la última década, mientras que el volumen de extracción de aguas subterráneas (VEAS) creció en varios acuíferos, con lo que se amplió el déficit operativo y se aceleró el agotamiento del almacenamiento. La mayor presión se concentra en el arco Noroeste-Altiplano-Occidente-Centro, mientras que el sureste y la Península de Yucatán mantienen disponibilidad, aunque enfrentan problemas de calidad e intrusión salina.

El estudio del Sina demuestra que asumir la recarga como un porcentaje fijo de la precipitación genera “agua de papel” y errores de planificación. Se propone migrar del enfoque de safe yield –definido como “la cantidad que puede extraerse anualmente sin menoscabo del suministro”– a la sostenibilidad hidrogeológica mediante un índice operativo que integre piezometría, extracción/recarga (anual y plurianual) y permita alinear la gestión con la realidad hidrológica.

Introducción

A diferencia de los embalses superficiales, que permiten relacionar los niveles con la precipitación, los escurrimientos y la evaporación, los acuíferos operan en un medio heterogéneo y anisótropo, con fronteras hidráulicas difusas y propiedades de almacenamiento variables (Freeze y Cherry, 1979). Aunque su gestión es compleja, suele asignarse agua entre usos con base en balances anuales; sin embargo, se subestima la variabilidad interanual precipitación-escurrimiento, determinante para la sostenibilidad, sobre todo en agricultura, donde la evapotranspiración regula la demanda.

En los acuíferos, los tiempos de tránsito son largos y variables, la recarga es heterogénea y difícil de medir, y la respuesta a las extracciones ocurre con retardos que complican la gestión tipo presupuesto. La planificación sostenible requiere métodos complementarios como la fluctuación del nivel freático y la estimación de tasas medias de recarga, que representan una fracción mínima de la precipitación (Alley et al., 1999; Healy y Cook, 2002; Scanlon et al., 2002).

En México, el término “sobreexplotación” se ha normalizado y ha perdido valor operativo como indicador de sostenibilidad. Por ello, este estudio contrasta la realidad hidrogeológica, recarga, almacenamiento, tiempos de tránsito y captura, con la variabilidad interanual de la precipitación (2013-2023), y propone indicadores que superen la lógica del “agua de papel”.

La sobreexplotación compromete la sustentabilidad, eleva los costos de bombeo, deteriora la calidad y genera impactos sociales y ambientales. El Balance Nacional 2020 (Conagua, 2020) indica que 61% del volumen consuntivo proviene de fuentes superficiales y 39%, de subterráneas. La oferta superficial se concentra en seis entidades: Sinaloa, Veracruz, Michoacán, Guerrero, Sonora y Tamaulipas, que aportan 54% del total, mientras que la extracción subterránea se concentra en Sonora, Guanajuato, Jalisco, Yucatán, Estado de México y Chihuahua, que representan 45%.

Por uso, el patrón se invierte: en el sector público-urbano predomina el abastecimiento subterráneo (70-75%) (figura 1) frente al agrícola, que depende del agua superficial, y el industrial, que privilegia el uso subterráneo por confiabilidad y calidad.

Esta situación evidencia la asimetría entre la contabilidad administrativa y la dinámica física del recurso. La “determinación de disponibilidad” descansa en dos aspectos inciertos:

Incertidumbre de la recarga: la precipitación presenta alta variabilidad interanual y regional, sin relación lineal con la recarga efectiva. Basar disponibilidades en promedios históricos puede sobrestimar la oferta durante sequías o cambios de régimen.

“Minado” del acuífero: los sistemas subterráneos cubren la demanda mediante descensos piezométricos y profundización de pozos sin evaluar la sostenibilidad. La respuesta retardada oculta el deterioro acumulado y convierte los títulos en “agua de papel” cuando no se vinculan a indicadores físicos.

La recarga de acuíferos no es lineal

En los diagnósticos locales suele asumirse que la recarga representa un porcentaje fijo de la precipitación, omitiendo que responde de manera no lineal a la interacción entre clima, suelos, geología, relieve, uso del suelo, profundidad del nivel freático y régimen de lluvias. Debe estimarse en horizontes acordes con el tiempo medio de tránsito, considerando solo la lluvia efectiva (Poeter et al., 2020).

La recarga puede estimarse con varios enfoques: balances clima-suelo (Thornthwaite/Visual BALAN) calibrados con observables (nivel freático, caudal base, humedad), análisis de fluctuación del nivel freático en acuíferos libres con series continuas y porosidad efectiva fiable, trazadores ambientales y perfiles en la zona no saturada, y métodos hidráulicos o SIG para identificar zonas prioritarias y evaluar cambios de uso.

Evidencia de la no linealidad

Existen dos comportamientos que rompen la relación precipitación-recarga. El primero distingue recarga difusa y focalizada, donde pequeñas variaciones de conectividad superficie-subsuelo generan respuestas desproporcionadas (Cook y Brunner, 2023). El segundo es el tránsito vertical, que puede presentarse como flujo pistón o preferencial a través de fracturas, macroporos o raíces, alterando la distribución espacial y temporal (Healy y Cook, 2002; Poeter et al., 2020).

De la precipitación a la recarga efectiva

Entre 2013 y 2023, México presentó una alta variabilidad en la ocurrencia e intensidad de sequías. La superficie nacional afectada fluctuó entre 10 y 15% del territorio (categorías D1-D4), alcanzando un máximo del 76% en 2021, con una persistencia media a alta durante 2022 y 2023 (superior al 53%). En los años más secos, predominó la expansión de las sequías moderadas a severas (D1-D2), coexistiendo con núcleos localizados de sequía extrema o excepcional (D3-D4) (tabla 1).

De la “disponibilidad” administrativa a la sostenibilidad hidrogeológica

En México coexisten acuíferos clasificados como “sobreexplotados” que, paradójicamente, aún presentan disponibilidad para nuevas asignaciones. Esta contradicción es muestra de un desacoplamiento entre el conocimiento hidrogeológico y la toma de decisiones (Alley et al., 1999). Las resoluciones administrativas suelen basarse en balances anualizados sustentados en supuestos inciertos sobre la recarga (Healy y Cook, 2002; Scanlon et al., 2002), agravados por la falta de confiabilidad en los volúmenes de extracción reportados y por la combinación de series temporales no comparables. En consecuencia, las categorías de “sobreexplotación” o “disponibilidad” terminan con frecuencia como instrumentos burocráticos, más que como indicadores operativos de sostenibilidad (Konikow y Leake, 2014).

Las omisiones administrativas, como la exclusión de extracciones dentro de zonas vedadas, han promovido el desplazamiento de aprovechamientos hacia vacíos normativos sin evaluar su impacto, provocando el minado del almacenamiento subterráneo y la captura de descargas naturales, normalmente invisibles en los registros oficiales. Además, las publicaciones de disponibilidad se basan en “fotografías históricas” elaboradas con datos desactualizados o incongruentes con los periodos de recarga, lo que impide estimar correctamente el almacenamiento y su tendencia. Al igual que una presa, el acuífero debería tratarse como un almacenamiento medible, donde los descensos piezométricos reflejen el volumen perdido y orienten decisiones sobre su recuperabilidad, incluso bajo esquemas de recarga gestionada de efecto lento y heterogéneo.

El enfoque tradicional del safe yield se basó en una visión anualizada del balance recarga/descarga/almacenamiento (Todd y Mays, 2004). Sus limitaciones son evidentes en sistemas con alta variabilidad interanual y respuesta retardada, donde puede ocultar la captura (reducción de descargas naturales y consumo del almacenamiento) y generar “agua de papel” (Sophocleous, 2000). Desde los trabajos de Theis (1940), se reconoce que el agua bombeada proviene en parte del almacenamiento y la captura, por lo que un balance anual por sí solo no determina un volumen sostenible.

Resultados

El análisis del Sistema de Información Geográfica de Acuíferos y Cuencas revela una tendencia crítica entre 2013 y 2023. El número de acuíferos sin disponibilidad aumentó de 193 a 283, mientras que 114 fueron clasificados en condición de sobreexplotación en 2023. De los 283 sin disponibilidad, 107 coinciden con sobreexplotación, aunque siete acuíferos mantienen disponibilidad administrativa pese a estar sobreexplotados: Alfredo V. Bonfil, Las Delicias, Laguna de Palomas, Silao-Romita, Valle de Acámbaro, Huichapan-Tecozautla y Agualeguas-Ramones, lo que confirma un desacoplamiento entre el conocimiento hidrogeológico y la decisión administrativa, ampliamente documentado en la bibliografía (Alley et al., 1999; Konikow y Leake, 2014). En promedio, la recarga de los acuíferos del país disminuyó alrededor de 23% entre 2013 y 2023. Este descenso, combinado con el aumento del volumen de extracción anual en numerosos sistemas, ha ampliado el déficit operativo y ha acelerado el agotamiento del almacenamiento subterráneo (Poeter et al., 2020; Cook y Brunner, 2025; Theis, 1940).

Las causas de la divergencia entre disponibilidad y condición son:

Ventanas temporales y métricas no equivalentes: la disponibilidad se estima a partir de balances anualizados con supuestos de recarga altamente inciertos (Healy y Cook, 2002; Scanlon et al., 2002).

Calidad y compatibilidad de las series: es frecuente mezclar recargas derivadas de climatologías multianuales con extracciones correspondientes a un solo año fiscal, lo que produce diagnósticos administrativos poco operativos o “trámites de papel” (Theis, 1940; Konikow y Leake, 2014).

La gestión actual descansa, explícita o implícitamente, en la suposición de que la recarga equivale a un porcentaje constante de la precipitación anual. La evidencia empírica desmiente esta linealidad: la recarga responde de manera no lineal a procesos difusos, heterogéneos y con tiempos de tránsito variables en la zona no saturada (Poeter et al., 2020; Cook y Brunner, 2023). En sistemas con captura y respuesta retardada, una reducción de 23% en la recarga puede traducirse en abatimientos piezométricos mucho mayores, sin un ajuste proporcional en el bombeo (Theis, 1940; Konikow y Leake, 2014).

Los patrones estatales refuerzan la tendencia nacional. En el arco Noroeste-Altiplano-Occidente-Centro se observa una pérdida generalizada de disponibilidad y una alta coincidencia con sobreexplotación, destacando Baja California, Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Coahuila-Durango (la Laguna), Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Querétaro y la megalópolis Ciudad de México-Estado de México-Puebla-Tlaxcala. En contraste, en el Golfo y Pacífico sur (Veracruz, Guerrero, Oaxaca, Nayarit, Morelos y partes de Tamaulipas) se observan desajustes puntuales, acuíferos sin disponibilidad pero no sobreexplotados, o viceversa, atribuibles a cortes de serie y criterios metodológicos heterogéneos. En la Península de Yucatán y Tabasco-Chiapas predomina la disponibilidad, aunque con problemas de calidad e intrusión salina asociados a medios kársticos (tabla 2).

México debe transitar del concepto de safe yield hacia un enfoque de sostenibilidad hidrogeológica. Si bien el safe yield representó un hito histórico en la gestión del agua subterránea, hoy resulta insuficiente para describir sistemas con alta variabilidad temporal y respuesta retardada. En su lugar, se propone un marco operativo basado en métricas observables que incluya:

Tendencia piezométrica y almacenamiento

Relación extracción/recarga evaluada en múltiples escalas temporales

Cuantificación de la captura, considerando la reducción de descargas naturales y la recarga inducida

Con este enfoque, puede implementarse un índice operativo de sostenibilidad de acuíferos que condicione las concesiones y las “disponibilidades” a umbrales físicos y disparadores de sequía, activando medidas automáticas como recortes escalonados, sustitución por agua superficial, reúso y recarga gestionada focalizada en cauces efímeros o zonas de pie de monte (Scanlon et al., 2002; Alley et al., 1999).

Dado que la recarga promedio nacional disminuyó alrededor de 23% entre 2013 y 2023, los umbrales de gestión deben recalibrarse para reflejar el menor ingreso al sistema y evitar que la administración permanezca desfasada respecto a la realidad física del acuífero.

Conclusiones

El periodo 2013-2023 evidencia un mayor estrés en los acuíferos y un desajuste creciente entre la gestión administrativa y la realidad física del sistema subterráneo. La persistencia de supuestos lineales y series no comparables genera diagnósticos erróneos que sobreasignan o bloquean decisiones racionales, con lo que se agravan problemas como hundimientos, sobrecostos de bombeo y conflictos sociales. Superar este escenario exige una gestión integrada y adaptativa, basada en conocimiento actualizado, eficiencia técnica, participación social y gobernanza sólida. Urge pasar de la etiqueta de “sobreexplotación” al control operativo, midiendo dH/dt, cuantificando la captura, recalibrando la recarga y aplicando reglas dinámicas alineadas con la física del acuífero

Referencias

Alley, W., et al. (1999). Sustainability of ground-water resources (USGS Circular 1186). US Geological Survey.

Comisión Nacional del Agua, Conagua (2020). Sistema Nacional de Información del Agua (SINA).

Cook, P., et al. (2025). Quantification of groundwater recharge. Groundwater Project.

Freeze, R., y J. Cherry (1979). Groundwater. Prentice-Hall.

Healy, R., y P. Cook (2002). Using groundwater levels to estimate recharge. Hydrogeology Journal 10(1): 91-109.

Konikow, L., y S. Leake (2014). Depletion and capture: Revisiting “the source of water derived from wells” Groundwater 52(S1): 100-111

Poeter, E., et al. (2020). Groundwater in our water cycle: Getting to know Earth’s most important fresh water source. Groundwater Project.

Scanlon, B., et al. (2002). Choosing appropriate techniques for quantifying groundwater recharge. Hydrogeology Journal 10: 18-39.

Sophocleous, M. (2000). From safe yield to sustainable development of water resources. The Kansas experience. Journal of Hydrology 235(1-2): 27-43.

Theis, C. V. (1940). The source of water derived from wells. Civil Engineering 10: 277-280.

Todd, D., y L. Mays (2004). Groundwater hydrology. Wiley.

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