6 noviembre, 2026 2:12 pm

Francisco José Sánchez Sesma Investigador emérito, UNAM.

—¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?

—Eso depende de a dónde quieras llegar.

—A mí no me importa demasiado a dónde…

—En ese caso, da igual hacia dónde vayas.

Lewis Carroll

Alicia en el país de las maravillas

El mundo moderno está en constante transformación, y la tecnología se halla en el centro de esos cambios. Diariamente constatamos cómo las nuevas tecnologías transforman nuestras vidas y la economía en formas que no podríamos haber imaginado hace unos años. La tecnología satelital en la que se basan los sistemas de localización global y las muchas aplicaciones que se han generado son una muestra de cómo los cambios han ido apareciendo en nuestras vidas. Estos cambios han tenido sus tiempos de desarrollo y de maduración. En sus inicios, la tecnología satelital era primitiva, pero su desarrollo obedeció a consideraciones estratégicas y a ejercicios de planeación y prospectiva.

En todas las áreas del saber humano, la prospectiva es fundamental para seguir, entender y liderar los cambios. En su influyente libro Rediseñando el futuro, Russel Ackoff señala la importancia de diseñar el futuro para indicar hacia dónde queremos ir. El Estado tiene la enorme responsabilidad de asegurar las condiciones para el progreso de la sociedad y el fortalecimiento de la economía, y es el Estado el que debería construir un conjunto de los futuros deseables para México e ir tomando las medidas para realizarlos. Por ello, la sociedad debe mantenerse a la vanguardia de este cambio constante. En esta nota se plantea que el Estado, como representante de los intereses colectivos, más allá de los gobiernos en turno, debe ejercer la dirección de los procesos del desarrollo nacional, dando espacio a la participación de los diversos sectores necesariamente involucrados, como el social, el académico, el profesional y el empresarial, por señalar a los más obvios.

Lo anterior debe concretarse de manera participativa y sinérgica, poniéndose por delante siempre el interés de la sociedad en su conjunto, cuidando que todos los sectores aporten lo que está en su capacidad y que reciban a cambio los beneficios que les correspondan de manera justa y equitativa. Un lamentable ejemplo en contra fue la promoción durante décadas del mito de que “subir salarios aumenta la inflación”, situación que se ha corregido parcialmente a expensas del crecimiento y de la inversión, pues se está manteniendo baja la inflación gracias a subsidios y aumentos de la deuda.

Para avanzar sólidamente en estas tareas, es imprescindible estimular y promover la inversión en la educación como parte del ecosistema de ciencia, tecnología e innovación (CTI) para impulsar el bienestar de la sociedad y la competitividad. Sólo así se podrán obtener resultados más cercanos a los que la prospectiva haya identificado, y sabríamos hacia dónde ir.

La evidencia coreana en educación y el “milagro mexicano”

Hace unas cinco décadas, Corea del Sur tenía una economía muy pequeña; su PIB per cápita era apenas la tercera parte del de México. Aquí estábamos saliendo del desarrollo estabilizador y del llamado “milagro mexicano”, pues en las décadas de la posguerra México creció a tasas de 6% anual. ¿Qué ha pasado desde entonces? Los vaivenes políticos en México y Corea han sido permanentes, pero allá el Estado concentró sus esfuerzos en la educación, reforzándola en todos los niveles y apoyando la competitividad de sus industrias, entre ellas, destacadamente, la electrónica y automotriz. Aquí, las industrias languidecen por la falta de apoyo y la educación se deteriora. Ciertos sectores de la industria automotriz integrados a la economía estadounidense han tenido buenos resultados, pero, en términos generales, el crecimiento de la economía ha sido bajo, y en los últimos años, cercano a cero. El PIB per cápita de Corea es tres veces el de México. Hace unos 25 años nos percatamos de la tendencia, pero, como país, nada hicimos.

El papel de la ciencia y la tecnología en el desarrollo

La educación, la ciencia y la tecnología son esenciales para el desarrollo de un país. La educación de calidad contribuye a la formación de personas libres y creativas, promueve el ascenso social y contribuye a la formación de profesionistas, científicos y técnicos que llevarán adelante las tareas estratégicas de la investigación. La existencia de personas calificadas puede beneficiar a sectores que dependen de la ciencia y la tecnología, como la biotecnología, la informática y la ingeniería.

Con base en amplios ejercicios de prospectiva, reconociendo las ventajas y las limitaciones del presente y del futuro, el Estado debe impulsar la investigación científica y tecnológica en las universidades y tecnológicos y estimular a las empresas para que hagan lo propio. En este ecosistema, las empresas crearán nuevos productos y procesos más eficientes, lo que las hará más competitivas. Los nuevos productos y procesos pueden también mejorar la calidad de vida de las personas al proporcionar soluciones a los desafíos sociales y ambientales, como la salud, la energía, el cambio climático y los peligros naturales.

La prospectiva del entorno nos lleva a examinar la ocurrencia de fenómenos naturales como huracanes y terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas. Estas amenazas para la sociedad deben estudiarse y evaluarse. Si deseamos ser una sociedad próspera y resiliente, es necesario invertir en la educación, en la infraestructura y la instrumentación para estudiar tanto la naturaleza de los fenómenos mencionados como la estimación de las consecuencias de su ocurrencia, en aras de reducir el peligro y mitigar el riesgo.

El papel del Estado en la inversión en ciencia y tecnología

La inversión en ciencia y tecnología es una responsabilidad liderada por el Estado y compartida entre los sectores público y privado. Si bien buena parte de la investigación y la innovación son impulsadas por el sector privado, el Estado tiene un papel fundamental, que es el financiamiento a la educación y a la investigación básica y aplicada, como aquella en las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), lo que coadyuvará a fomentar la investigación y el desarrollo de tecnologías de punta. Además, el Estado debe apoyar la investigación básica en salud y la aplicada en áreas como la biotecnología y la informática, que pueden tener aplicaciones prácticas para la industria y la sociedad. Ciertamente, la adopción de las mejores prácticas internacionales en la inversión en entidades de ciencia, tecnología e innovación (ECTI) puede ayudar a maximizar el retorno de la inversión en este ámbito. Los gastos en educación, ciencia y tecnología tienen que verse con la óptica del futuro: más allá de cualquier ideología, son una inversión.

En seguida se enumeran algunos ejemplos de mejores prácticas internacionales para promover la inversión en ECTI:

  • Incentivos fiscales y financieros. Diversos países ofrecen incentivos fiscales y financieros a empresas que invierten en investigación y desarrollo. Estos incentivos pueden incluir créditos fiscales, deducciones de impuestos y financiamiento de proyectos de investigación y desarrollo. Por ejemplo, en Canadá, el Programa de Investigación Científica y Desarrollo Experimental (SR&ED) ofrece un crédito fiscal reembolsable del 35% sobre los gastos de investigación y desarrollo elegibles. En México, la práctica de los incentivos fue criticada al saberse que el Conacyt financió, por ejemplo, a una empresa que desarrolló un tipo de cristales de azúcar que no se adherían a la bolsa de celofán —una presunta investigación esencialmente de mercadotecnia.
  • Asociaciones público-privadas. Son una forma efectiva de impulsar la investigación y desarrollo en áreas específicas. En estas asociaciones, el Estado trabaja en conjunto con empresas y universidades para financiar proyectos de investigación y desarrollo (I+D) que beneficien a la sociedad. Por ejemplo, en Singapur, la Agencia para la Ciencia, la Tecnología y la Investigación (A*STAR) trabaja en conjunto con empresas y universidades para financiar proyectos de investigación y desarrollo en áreas como la biotecnología y la informática.
  • Fomento del emprendimiento tecnológico. Otros países han creado programas para fomentar el emprendimiento tecnológico, lo que ha llevado a la creación de nuevas empresas y empleos. Estos programas pueden incluir financiamiento de capital semilla, incubadoras de empresas y asesoramiento empresarial. Por ejemplo, en Israel, el programa Yozma, creado en 1993, ofreció incentivos fiscales y financieros a empresas de capital de riesgo que invirtieron en empresas emergentes de tecnología, lo que llevó a la creación de muchas nuevas empresas exitosas. En México, la UNAM desarrolló con éxito a finales del siglo pasado una incubadora de empresas de base tecnológica, a cuyo amparo se dieron varios acuerdos y un fideicomiso con 20 grupos participantes. Hoy en día sabemos que subsisten unos cinco grupos. Ciertamente, la continuidad de ese programa fue probablemente alterada con la huelga de 1999 que Carlos Amador nombró “la huelga del fin del mundo” (Moreno, 1999).
  • Formación y educación en ciencia y tecnología. Estos factores son esenciales para el desarrollo de la I+D en una nación. Muchos países han invertido en la formación y educación en ciencia y tecnología desde la educación primaria hasta la universidad. Por ejemplo, en Finlandia, el sistema educativo se enfoca en la enseñanza de ciencia y tecnología desde la educación primaria, lo que ha llevado a un gran número de estudiantes que estudian ciencia y tecnología en la universidad a convertirse en líderes en investigación y desarrollo.
  • Creación de ecosistemas de innovación. Fomentan la colaboración entre empresas, universidades y el gobierno; son una forma efectiva de impulsar la investigación y el desarrollo. Los ecosistemas pueden incluir parques tecnológicos, incubadoras de empresas y centros de investigación. Por ejemplo, en Suiza, el Biopôle Lausanne es un parque de investigación y desarrollo que promueve la colaboración entre empresas, lo que ha llevado a la creación de nuevas tecnologías y negocios.
  • En el momento actual, las injusticias, las guerras, las incertidumbres, las catástrofes naturales, los aranceles y demás parecen los nuevos jinetes del Apocalipsis. No nos queda otra opción que ser optimistas y construir futuros deseables a corto plazo con ideas realistas para, por lo menos, saber hacia dónde queremos ir. Hago votos por un renacimiento racional de la comunidad internacional que construya futuros deseables para nuestra especie

Referencias

Moreno, H., y C. Amador (1999). UNAM, la huelga del fin del mundo. Voces para un diálogo aplazado. México: Planeta.

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