4 marzo, 2024 11:39 am

El Antropoceno y la crisis mundial del agua

Alejandro Sainz Zamora. Consultor en educación ambiental y culturas del agua.

En este trabajo se aborda el origen del concepto Antropoceno, con sus principales interpretaciones y debates, las propuestas para su periodización –incluido el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra– así como el principal rasgo que caracteriza esta era, es decir, la crisis ecológica planetaria, en particular la relacionada con el agua.

De acuerdo con la ciencia geológica, se estima que el origen del planeta Tierra data de 4,600 millones de años, y que en ese largo periodo su evolución abarca cinco grandes eras geológicas: Arcaico, Proterozoico, Paleozoico, Mesozoico y Cenozoico, ésta última iniciada hace 565 millones de años y dentro de la cual hace 4 millones de años aparecieron los primeros homínidos (primates similares a los seres humanos).

En este contexto, a principios de la década de 1980, el limnólogo Eugene Stoermer acuñó el término Antropoceno (de ánthrōpos, hombre, y kainós, común) para referirse al impacto y la evidencia de los efectos de la actividad humana en nuestro planeta. Esta noción fue retomada y profundizada en el año 2000 por el químico atmosférico Paul Crutzen (Premio Nobel de Química y descubridor del agujero de ozono), quien consideró que dichos efectos eran suficientemente significativos para constituir una nueva era geológica que marcaba el fin del Holoceno, última época del Cenozoico.

Concepto de Antropoceno

Stoermer y Crutzen fueron los primeros científicos contemporáneos en abordar el concepto de Antropoceno argumentando que “es innegable la capacidad de transformación que el ser humano tiene sobre la Tierra. Ellos apuntan como marca distintiva el uso de los combustibles fósiles, que en menos de 230 años han incrementado en consideración las concentraciones en la atmósfera de óxido nitroso, dióxido de carbono y metano” (Equihua et al., 2016).

A partir de las bases formuladas por dichos científicos, el Antropoceno está siendo evaluado como una posible unidad en la escala del tiempo geológico por el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (Anthropocene Working Group, AWG). Desde 2009 el grupo, constituido por 38 geocientíficos, se encuentra examinando las distintas evidencias disponibles sobre el cambio global contemporáneo y su traducción en el registro estratigráfico con el fin de determinar la validez, el nivel jerárquico y la duración de esta posible unidad del tiempo geológico. En tal sentido, a fines de 2016 el AWG presentó un informe en el que resaltaban los siguientes argumentos:

  • El Antropoceno es real desde un punto de vista geológico y comenzó a ser considerado estratigráficamente a partir de Zalasiewicz et al. (2008). El fenómeno es de una escala suficiente para ser considerado parte del tiempo geológico.
  • El AWG es favorable a la designación del Antropoceno como una época/serie. Se prefiere esta opción sobre otras de rango inferior (edad/estadio, es decir, como una subdivisión del Holoceno).
  • El impacto humano ha ido dejando huellas identificables en el registro estratigráfico durante miles de años (desde antes del inicio del Holoceno). Sin embargo, los cambios importantes de carácter sincrónico y global en el sistema Tierra se intensificaron más claramente durante la denominada “gran aceleración” de mediados del siglo XX.
  • La mitad del siglo XX representa el inicio óptimo de una potencial época Antropoceno (y simultáneamente, la base de la serie Antropoceno).
  • Los cambios del sistema Tierra que caracterizan la posible época Antropoceno incluyen una marcada aceleración en las tasas de erosión y sedimentación, perturbaciones químicas a gran escala de los ciclos del carbono, del nitrógeno, del fósforo y de otros elementos; el inicio de un cambio significativo en el clima global y en el nivel del mar, y cambios bióticos tales como niveles desconocidos de especies invasoras a lo largo y ancho del planeta. Muchos de estos cambios son geológicamente duraderos y algunos son incluso irreversibles.
  • Estos y otros procesos relacionados han dejado un conjunto de señales en los estratos recientes, que incluyen partículas de plástico, aluminio y cemento, radionúclidos artificiales, cambios en los modelos isotópicos del carbono y el nitrógeno, partículas carbonáceas y una variedad de restos biológicos fosilizables. Muchas de estas señales dejarán un registro permanente en los estratos de la Tierra (Cearreta, 2015).

Científicos de otras disciplinas, como Bybee (1991), resaltan el papel que ha desempeñado la humanidad en este contexto, señalando que el término se asocia a una situación de auténtica emergencia planetaria a la que la humanidad tiene que hacer frente en la actualidad, consecuencia de un comportamiento reciente especialmente depredador de la especie humana.

Por su parte Fernández (2011), con un enfoque sociohistórico, precisa que “el Antropoceno sería una nueva época de la Tierra, consecuencia del despliegue del sistema urbano agroindustrial a escala global, que se da junto con un incremento poblacional mundial sin parangón histórico […] Estaríamos por tanto en una nueva era histórica marcada por la incidencia de la ‘especie humana’ en el planeta Tierra. Pero indudablemente no es toda la especie humana la que así actúa, sino una parte cada vez más importante de la misma que se ve impulsada y condicionada por un sistema, el actual capitalismo global, fuertemente estratificado y con muy diferentes responsabilidades e impactos de sus distintas sociedades e individuos, que ha logrado alterar por primera vez en la Historia el sistema ecológico y geomorfológico global. No sólo el funcionamiento del clima de la Tierra, o la composición y características de sus ríos, mares y océanos, así como la magnitud, diversidad y complejidad de la biodiversidad planetaria, sino hasta el propio paisaje y territorio”.

La noción de Antropoceno ha tenido tal impacto en el ámbito académico y de investigación que en los últimos años se ha ido incorporando al debate y análisis de diferentes disciplinas científicas y humanísticas. En tal sentido, Latour (2013) señala que el Antropoceno es el concepto filosófico, religioso, antropológico y político más decisivo producido hasta el momento como una alternativa a las nociones mismas de moderno y modernidad. Para Bonneuil y Fressoz, el “choque del Antropoceno” pide un “reencuentro (conceptual) del tiempo humano (histórico) y del tiempo de la Tierra (geológico) para superar la división temporal, ontológica, epistemológica e institucional entre la naturaleza y la cultura, el medio ambiente y la sociedad, que ha dado forma a la visión del mundo occidental desde el siglo XIX” (Trischler, 2017).

Para entender los debates actuales, Trischler señala que es crucial distinguir entre el Antropoceno en un sentido científico, como un concepto geológico, y el Antropoceno como concepto cultural, en un sentido más amplio. El debate acerca de la “época de los seres humanos” es una buena oportunidad tanto para superar la división temporal, ontológica, epistemológica e institucional entre naturaleza y cultura que ha dado forma a la visión del mundo occidental desde el siglo XIX como para explorar nuevas formas de colaboración disciplinaria y transdisciplinaria.

Al respecto, la política, la antropología, la sociología, la filosofía y la historia son algunas de las comunidades de las ciencias sociales y las humanidades en las que el Antropoceno como concepto cultural está siendo debatido con más intensidad. Éste también se ha establecido en otro ámbito basado en la práctica, la educación y la enseñanza, donde ha sido acogido como un poderoso instrumento para poner a prueba nuevos métodos de educación ambiental.

Evolución histórica

Para analizar el desarrollo histórico del Antropoceno, Crutzen y Stoermer proponen una cronología a partir de la industrialización temprana: la Revolución Industrial en Inglaterra a finales del siglo XVIII (Crutzen, 2002a y 2002b; Crutzen y Stoermer, 2000). Con la Revolución Industrial “ocurren las mayores transformaciones sociales, económicas, tecnológicas y culturales de la historia de la humanidad desde el Neolítico (Escudero, 1997). Además, estos eventos implicaron la mecanización agrícola que a su vez facilitó las migraciones rurales y el crecimiento de la población urbana. Lo anterior se sumó a la exploración del mundo que en su momento incorporó nuevas especies a la producción agropecuaria y expandió su cobertura. Se atribuye el gran desarrollo tecnológico de la Revolución Industrial a la aplicación de la máquina de vapor para el bombeo y como fuerza propulsora de barcos (1807) y locomotoras (1804, 1814)” (Equihua et al., 2016). A decir de Trischler (2017), “tres procesos principales trabajaron juntos: la mecanización de la mano de obra; la producción a gran escala y la transformación de la energía creada por la máquina de vapor, y la explotación intensiva y extensiva, la producción y el uso de carbón y hierro”.

Después del periodo antes descrito, como señala Mauelshagen (2017), en Europa y Estados Unidos hubo uno de “crecimiento económico acelerado, cuyos principales efectos sobre el sistema terrestre se presentaron a partir de ca. 1950. Este segundo periodo se ha denominado la ‘gran aceleración’ (Steffen et al., 2015). En los últimos dos o tres años, la tendencia ha sido cambiar la fecha de comienzo del Antropoceno de aquélla de la industrialización temprana a la de la gran aceleración”. El autor añade: “Las raíces históricas del cambio ambiental antropogénico, incluso las del cambio climático antropogénico, van más allá de la historia del capitalismo industrial. Además, no podemos ignorar que durante el siglo XX grandes partes del mundo fueron dominadas por el comunismo industrial. Su legado ha dejado poca evidencia, si la hay, de que eran menos dañinos para el medio ambiente que las economías capitalistas liberales.”

Paul Crutzen alertaba en 2002 sobre un conjunto de alteraciones en la constitución y funcionamiento de los ecosistemas, aunque no es el único aspecto, pues desde luego está estrechamente relacionado con cambios en el clima que han ocurrido con una magnitud sin precedente desde la última glaciación, lo cual se refleja en el incremento de la temperatura promedio del planeta.

Trischler señala además que “durante el transcurso de la década de 1950 las curvas de numerosos parámetros cambiaron de una forma lineal a un crecimiento exponencial (Steffen, 2005; Steffen et al., 2015)”.

A estos periodos, Equihua (2016) añade un tercero de una posible conducción del sistema terrestre (2015 a la fecha): “En esta nueva época los seres humanos hemos alcanzado el nivel de un agente transformador de escala geológica global, de manera equivalente a otros grandes procesos que han modelado el desarrollo del planeta.”

Crisis ecológica planetaria

Después de más de 250 años de desarrollo del Antropoceno, en la actualidad esta era se encuentra en un estado de crisis ecológica global de carácter multidimensional. El propio Crutzen (2002a) alertaba ya sobre un conjunto de alteraciones en la constitución y funcionamiento de los ecosistemas, aunque no es el único aspecto, pues desde luego está estrechamente relacionado con cambios en el clima que han ocurrido con una magnitud sin precedente desde la última glaciación, lo cual se refleja en el incremento de la temperatura promedio del planeta.

Este cambio en la temperatura es resultado de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera (fenómeno por el cual queda atrapado el calor en las capas bajas de la atmósfera como si se tratara de una de esas cajas de cristal usadas para cultivar plantas tropicales en climas fríos).

Para calcular el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, los científicos dividen la biocapacidad mundial (cantidad de recursos naturales generados por la Tierra en el año respectivo) por la huella ecológica global (consumo hecho por la humanidad) y multiplican el resultado por los 365 días del año. A este ritmo, se necesitaría el equivalente a 1.7 planetas Tierra cada año. Lo anterior significa que estamos viviendo a costa de los recursos naturales de las futuras generaciones

Equihua et al. aportan otros argumentos sobre la crisis ecológica por la que atraviesa el planeta, al señalar (2016) que “en la actualidad ya se reconoce que las varias vertientes del cambio ambiental de escala global interactúan entre sí generando efectos sinérgicos que agravan la magnitud de la amenaza a la estabilidad de la biósfera desde el punto de vista de los intereses humanos. Es el caso de la biodiversidad y el cambio climático: gran parte de los mecanismos que intervienen en la regulación del ciclo del carbono transitan por componentes de la biodiversidad, de tal manera que la mitigación del cambio climático puede llevarse a cabo a partir de acciones que involucren almacenes de carbono, absorción por fotosíntesis o fijación en carbonatos”.

Día de la Sobrecapacidad de la Tierra

Las evidencias cada vez más palpables de la crisis ecológica de nuestro planeta han sido seguidas desde la década de 1970 por algunos estudiosos, los cuales establecieron el Día de la Deuda Ecológica con el fin de evidenciar la creciente tendencia del apetito humano por los recursos naturales. Así, para 2018 se estableció el 1 de agosto de 2018 como el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, es decir, para esa fecha la humanidad habría consumido todos los recursos producidos por el planeta en un año. Esa fecha representa el punto exacto en el que el uso de recursos como el agua, los alimentos, la tierra y la madera excede la capacidad de regeneración de la naturaleza.

Para calcular dicha fecha, los científicos dividen la biocapacidad mundial (cantidad de recursos naturales generados por la Tierra en el año respectivo) por la huella ecológica global (consumo hecho por la humanidad) y multiplican el resultado por los 365 días del año. A este ritmo, se necesitaría el equivalente a 1.7 planetas Tierra cada año. Lo anterior significa que estamos viviendo a costa de los recursos naturales de las futuras generaciones; en menos de ocho meses utilizamos más recursos naturales de los que el planeta puede producir en 12. Agotamos el presupuesto ecológico de la Tierra, y durante el resto del año vivimos a costa de los recursos de las futuras generaciones. Una hipoteca natural que en algún momento nos pedirá cuentas.

Entre los principales problemas que caracterizan la situación de emergencia planetaria, Vilches y Gil (2011) señalan:

  • Contaminación pluriforme y sin fronteras que envenena suelos, ríos y mares, con secuelas como la lluvia ácida, la destrucción de la capa de ozono o el incremento del efecto invernadero, que apunta a un peligroso cambio climático global que amenaza con hacer inhabitable el planeta.
  • Agotamiento y destrucción (debida a la contaminación) de todo tipo de recursos, desde los energéticos hasta los bancos de pesca, los bosques, las reservas de agua dulce y el mismo suelo cultivable; esto da lugar a una creciente desertización y pérdida de diversidad biológica.
  • Degradación generalizada de los ecosistemas (bosques, praderas, glaciares y casquetes polares, humedales, arrecifes de coral) debida a la contaminación e incremento del efecto invernadero, la explotación intensiva, los incendios, la urbanización incontrolada, el aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos (sequías, huracanes, inundaciones, avalanchas de barro), la pérdida de biodiversidad y la creciente desertización que afecta a millones de seres humanos víctimas de la pobreza extrema.

Crisis mundial del agua

Los efectos de la crisis ecológica que sufre el planeta también se reflejan en los recursos hídricos, sector clave para el mantenimiento de la vida: “el agua potable, la tierra fértil, las pesquerías oceánicas, los bosques, la diversidad biológica y la atmósfera planetaria. Además, la explotación de pesquerías, bosques y tierras fértiles parece haber llegado a su máximo histórico y enfrenta un declive progresivo resultado de su creciente agotamiento y del cambio climático en marcha” (Fernández, 2011).

El mismo autor ahonda en la crisis mundial del agua, al exponer que “en el siglo XX, la repercusión ambiental del capitalismo global no queda circunscrita a las tierras emergidas, donde éste se desarrolla principalmente, sino que salta definitivamente de éstas a los mares y océanos, que cubren casi tres cuartas partes de la superficie planetaria […] El agua dulce sólo supone menos del 3% del total de la hidrosfera, pero desde luego es la que está sometida a mayor demanda y presión; principalmente un tercio de la misma, pues dos tercios se encuentran en glaciares y casquetes polares. De hecho, las actividades humanas, y muy en concreto las demandas del sistema urbano-agro-industrial, se apropian de más de un 50% del agua dulce líquida del mundo. Eso sí, el consumo mundial de agua dulce es enormemente desigual, está muy relacionado con los niveles de renta, y hay más de 1,000 millones de personas que no tienen acceso directo a este recurso básico para la vida”.

En relación con el agua para riego, Fernández señala que “la agricultura industrializada es uno de los principales responsables de la creciente contaminación de los recursos hídricos, a la que se suman los efluentes urbanos e industriales. […] La agricultura industrializada ha contribuido igualmente a la creciente salinización de muchos de los suelos y acuíferos existentes, debido a la sobreexplotación o a la intrusión marina en zonas costeras”.

Este autor añade más adelante que “la domesticación de los ríos y el drenado de tierras húmedas, junto con el deterioro de los recursos hídricos, están entre los mayores impactos ambientales acontecidos en el pasado siglo. Y a esto se suma el hecho de que el resto de la hidrosfera (los mares y océanos del mundo) se haya convertido en el perfecto sumidero global del sistema urbano-agroindustrial. Es el sumidero más barato, extenso y de mayor capacidad (aparente) de ocultación, lo que no impide que empiece a mostrar ya su cara más oscura en muchos de los mares del mundo, pues muchos ecosistemas marinos están al límite de su capacidad de resistencia”.

La Organización de las Naciones Unidas presenta algunas impactantes cifras que reflejan la crisis mundial del recurso hídrico:

  • 1 billones de personas carecen de acceso a servicios de agua potable de manera segura.
  • 5 billones de personas carecen de servicios de saneamiento gestionados de forma segura.
  • 340 mil niños menores de cinco años mueren cada año por enfermedades diarreicas.
  • La escasez de agua ya afecta a cuatro de cada 10 personas.
  • El 90% de los desastres naturales están relacionados con el agua.
  • El 80% de las aguas residuales retornan al ecosistema sin ser tratadas o reutilizadas.
  • La agricultura representa el 70% de la extracción mundial de agua.

 

Si desea obtener las referencias bibliográficas de este artículo, solicítelas a h2o@heliosmx.org

 

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